EN EL SILENCIO DEL VOLCÁN 23. A veces me alza la figura, me veo junto al cielo cómo crece el volcán que hierve en mi interior, que inflama mi alma mientras tengo la faz helándose en el vuelo sobre rocas, derramándose al mar. Soy esa soledad acompañando acantos, al mato-espuma, al tartaguero entre la encrucijada y matorrales pobres de vida, como los guanches fueron descendiendo de alturas con la astia en las manos, navegando en aulagas, derramándose al mar como una alfombra verde de verodes, bejeques, tiñendo de violetas el camino hacia el Teide. A sus pies de gigantes me esperan entre olas como a un incauto árbol perdido de su tierra, descalzo y airoso por ser hijo lavas, de una patria que me ata a los versos de Grote, de un bello mal país donde nace Magek al temor de Guayota y defiende Achamán. Los caminos se mueren al llegar a la costa, Achuguayo se ausenta en esa oscuridad cuando vienen las sombras y encienden las hogueras contra el frío mortal en la luz plateada que nos lleva a los sueños. Mi imagen se transporta arrastrando en la espuma esa imagen altiva, acariciando al mar que rodea las islas y huye al despertar de abubillas que upupean al canto, picando los chuchangos o al caracol durmiente en verodes resecos. A veces me alza la figura y me veo junto al cielo como el volcán que vive en la sangre de un guanche. Chema Muñoz©